La Fuente Móvil

EL PELÓN

  • Por Omar

La filtración de un audio en redes sociales ha venido a confirmar lo que el ciudadano de a pie sospechaba cada vez que escuchaba las sirenas en la noche; que la línea entre la autoridad y la delincuencia no es una pared de concreto, sino una puerta giratoria. 

La conversación entre un presunto líder criminal autoidentificado como "El Pelón", que mantiene en jaque a las autoridades en el sector sur de la ciudad de Chihuahua, y el inspector de la Policía Estatal, Jonathan Omar H.R., alias "El Guacho", es un monumento a la capitulación institucional. No hay aquí el rastro de un servidor público plantando cara al crimen; lo que se escucha es una lamentable cátedra de sumisión, un deslinde de responsabilidades digno de burócrata y una preocupante calidez que hiela la sangre.

Apenas el criminal suelta el reclamo por los operativos contra sus "chavalos", la dignidad del uniforme se evapora. La respuesta del inspector no es la de quien representa la fuerza del Estado, sino la de un subordinado asustado (o convenientemente alineado) que se apresura a aclarar que él no es el culpable. El uso reiterado del apelativo “Mi jefe” por parte del uniformado no es un asunto menor ni un simple modismo de cortesía forzada; es la entrega voluntaria de la jerarquía. El encargado de velar por la seguridad en Chihuahua prefirió la sumisión que el rigor, lavándose las manos al arrojarle el petardo a los mandos del turno nocturno. Para "El Guacho", el problema no es que un delincuente controle sectores de la ciudad, sino que lo culpe a él de molestarlo.

Esta vergonzosa interacción evoca de inmediato aquel fatídico audio donde "El Mencho" doblaba la voluntad de un mando policial con un par de gritos. Sin embargo, en esta ocasión el tono es distinto y quizás menos peligroso. Aquí no hubo necesidad de amenazas de muerte explícitas ni de arranques de furia; hubo una negociación casi cotidiana, una cordialidad pasmosa donde el inspector, lejos de imponerse, terminó proponiendo una reunión para "platicar sin problema" y aclarar los malentendidos. ¿Es temor reverencial, es complicidad flagrante o es simplemente el reflejo de un sistema podrido desde sus cimientos donde pactar es más seguro que combatir?

Mientras la Secretaría de Seguridad Pública Estatal se esfuerza por diseñar narrativas de control y discursos de pacificación, la realidad se filtra por los teléfonos celulares. La ciudadanía de Chihuahua queda atrapada en medio, descubriendo que quienes deben protegerlos se cuadran ante los mismos personajes que desangran sus calles. Si para la policía el enemigo es alguien a quien se le rinden cuentas y se le ofrece una tregua para tomar el café, entonces la batalla por la seguridad pública no se está perdiendo en las calles; se entregó desde la primera llamada.

 

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