Se suman familias a la visita de los siete templos
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Chihuahua.- En una de las manifestaciones de fe más arraigadas en el norte del país, miles de familias chihuahuenses se volcaron este Jueves Santo a las calles del Centro Histórico y diversas colonias de la capital para cumplir con la tradicional visita a los siete templos.
Bajo un sol que marcó la jornada, el murmullo de las oraciones y el caminar constante de los fieles transformaron el entorno urbano en un escenario de profunda reflexión espiritual.
Esta práctica, que forma parte esencial del Triduo Pascual, no es un simple recorrido arquitectónico; para los católicos, representa un acompañamiento simbólico a Jesús desde el momento de su aprehensión en el Huerto de los Olivos hasta su crucifixión.
Cada una de las siete templos evoca un pasaje bíblico distinto, desde el huerto hasta las casas de Anás y Caifás, el palacio de Pilato, el encuentro con Herodes y el regreso final ante el prefecto romano para su sentencia.
La historia de esta tradición se remonta a la Roma del siglo XVI, impulsada por San Felipe Neri. Originalmente, el santo buscaba ofrecer a los jóvenes una alternativa de esparcimiento espiritual, organizando peregrinaciones a las siete basílicas principales de la Ciudad Eterna.
Con el paso de los siglos, la costumbre cruzó el océano y se asentó con fuerza en México, adaptándose a la geografía de cada ciudad. En Chihuahua, la ruta suele tener como punto neurálgico la Catedral Metropolitana, extendiéndose a recintos emblemáticos como el Templo de San Francisco, el Santuario de Guadalupe y la Iglesia de la Sagrada Familia, entre otros.
Para las familias locales, la jornada es también un acto de transmisión generacional. Es común observar a abuelos guiando a sus nietos, explicándoles el significado de los altares de reposo (donde se resguarda la Eucaristía), que lucen adornados con flores blancas, pan y uvas. "Venimos cada año porque es una forma de agradecer y de recordar que no estamos solos en nuestras propias pruebas", comentó una de las asistentes mientras esperaba su turno para ingresar a la Catedral Metropolitana.
A diferencia de otras celebraciones litúrgicas más estáticas, la visita a los siete templos se vive con un dinamismo único. Las calles se llenan de vendedores de artículos religiosos y alimentos tradicionales, creando una atmósfera donde lo sagrado y lo social convergen.
Al caer la noche, las puertas de las iglesias permanecen abiertas, recibiendo a los últimos peregrinos que, con el último rezo, cierran un ciclo de devoción que se niega a desaparecer frente a la modernidad.
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